LA DESTITUCIÓN DE LUGO ES UNA BURDA AFRENTA A LOS QUE MENOS TIENEN

Como alguien que estuvo enfermo y sufre una recaída, Paraguay volvió en los últimos días a padecer uno de los males que lo aquejara durante largas décadas, el de las enquistadas corporaciones marcando el pulso al poder político.

 

Y fue así que al ritmo de las mal llamadas élites, un grupo de legisladores llevo a cabo un proceso que en nada les pertenecía, en nada les correspondía y en nada merecían, porque solamente la voluntad popular tiene derecho a decidir a quiénes confía sus decisiones, las que solamente pueden ser tomadas desde la legitimidad, que para el caso, nada tiene que ver con la mera legalidad.

 

Es posible que, aún artera, haya sido legal la destitución del Presidente Fernando Lugo, lo que nunca será es legítima, porque con ella se ha violentado todo esfuerzo de la propia sociedad por tener por fin un país que comenzaba a delinear contextos que permitieran mirar a futuro, un futuro que sin dudas no le interesa a las citadas corporaciones.

 

La desigualdad social en Paraguay es un problema serio, más serio y complejo que en muchos países pobres de nuestra América Latina, porque tiene raigambre en aspectos muy disímiles, la falta de acceso libre a la educación de 

calidad, a la salud pública y a la tenencia de la tierra, pero también tiene lazos con el legado de una historia de dolor, sangre humilde derramada e impunes castas sociales que se apropiaron del bien más valioso para el desarrollo de una nación pobre, el acceso a la tierra.

 

Y Lugo se metió con ellos, aún con un gobierno en el que le costó mucho llevar adelante sus ideas, Lugo mostró claramente cuáles eran sus cometidos, y no les gustó, a sus propios aliados no les gustó y quizás no les haya gustado nunca tenerlo a su lado, pero supieron usar su imagen, su proyecto, sus antecedentes de servicio hacia lo social y espiritual, para desembarcar en el poder del que nunca supieron irse. Se llamen colorados, liberales o cómo las vueltas de la historia los denominen, son los que dominan la escena, desde atrás o desde el atrio, como pareciera que pasará ahora con la figura de Federico Franco, son los de siempre, los dueños de la tierra pero también los dueños de las leyes, de las decisiones importantes, de la mano de obra esclava, los dueños…. lamentablemente, del producido del crecimiento vertiginoso de la economía paraguaya, de la soja y otros cultivos, y, quien sabe, de la producción más temiblemente creciente que se haya imaginado alguna vez, de las plantaciones de marihuana que asolan a nuestra región.

 

Estaba en el plan del presidente Lugo, y muy claro desde la convicción a la acción, empezar a revertir las desigualdades históricas, el acceso a plenos derechos, incluso a Derechos Humanos, a salud, a protección de los más necesitados. Y eso les molestó, les preocupó y los armó en su contra en una burda alianza de meras mezquindades y promoción del sostenimiento de lo inaceptablemente desigual. Mantener la doctrina del capanga, del patrón de estancia, del intocable.

 

Desde Misiones conocemos bien los sufrimientos del pueblo paraguayo, de su lucha desigual, de sus clases eternamente más necesitadas y del vaciamiento poblacional, moral y cultural al que la historia los ha sometido. Historia a la que lamentablemente como nación no estamos ajenos, desde la fatídica decisión de embarcarnos en la guerra de la Triple Alianza porque temíamos al potencial que significaba aquella nación, dueña de un venturoso porvenir hace un par de siglos. Y porque los dictados europeos que seguíamos a ultranza nos indicaban.

 

Es de buenos hermanos y grandes políticos la decisión que tomó la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner junto a sus pares del Mercosur y la Unasur de negarse a aceptar un gobierno viciado de ilegitimidad y emparentado con el pasado más oscuro de nuestra Patria Grande. Y es de estadistas, advertir en bloque que estas prácticas serán duramente castigadas por los pueblos libres y sus gobiernos en toda América Latina. Para que ningún aventurado crea, que hay grietas abiertas en nuestras democracias, aunque hoy nos duela mucho una herida, que se llama Paraguay.

 

Nada justifica entonces, esta nueva intromisión del poder económico de unos pocos en la vida cívica de todos en el Paraguay, por la vía parlamentaria o por la que fuere, el atropello a la voluntad popular ha sido sin lugar a dudas, una nueva, cobarde y vil afrenta a los que menos tienen. Un GOLPE a los más necesitados.

 

 

Stella Maris Leverberg

Diputada de la Nación

Vicepresidente Comisión de Educación

Honorable Cámara de Diputados de la Nación